miércoles, 11 de febrero de 2015

Seymour Norte

Desde Puerto Ayora, tomamos una excursión para ir a la isla de Seymour Norte, un islote deshabitado de unos 2 km2. Lleva el nombre de un Oficial de la Marina Real Británica y está situada muy cerca de la isla de Baltra. Pero antes de llegar, hicimos una parada en Playa Bachas, al norte de la isla de Santa Cruz.

Accedimos a la playa de desembarco mediante una lancha neumática y antes de bañarnos, nos dirigimos a una laguna en donde pudimos contemplar unos bellos flamencos, patos, piqueros y aves acuáticas migratorias.

Durante el paseo que realizamos, tuvimos que prestar especial atención de no pisar las dunas de arena contiguas a la vegetación, pues allí anidan las tortugas marinas.

Aunque en el mes de setiembre las aguas están frías, fue una gozada bañarse en ese mar cristalino con su playa de fina arena totalmente desierta.

Tomamos rumbo ya a Seymour Norte. Aquí, tuvimos mayores dificultades tanto en el desembarque como en el retorno, pues las aguas del Pacífico estaban muy revueltas.

La experiencia de visitar esta isla fue fantástica, pues a través de un camino de unos 2 km que cruza la isla, observamos gran cantidad de aves que anidan en ella. Desde piqueros, fragatas, gaviotas de cola bifurcada, además de lobos marinos, iguanas marinas e iguanas terrestres.

Quedamos maravillados al contemplar los arbustos llenos de fragatas con los rojos buches hinchados para atraer a las hembras. Estas aves llegan a alcanzar una envergadura de alas de 1,8 m con un peso menor de 120 gr y suelen acosar a otras aves para robarles los peces capturados.

Aunque en vuelo son silenciosas, cuando están en los nidos o cortejando a la pareja, emiten sonidos como podeis comprobar en este breve video:

sábado, 7 de febrero de 2015

Santa Cruz

Desde Guayaquil (Ecuador) y después de un vuelo de dos horas con Tame, llegamos al aeropuerto de Baltra. La isla de Baltra, situada frente a la isla de Santa Cruz y separada por el estrecho de Itabaca, fue usada como base aérea de EEUU durante la Segunda Guerra Mundial, para controlar el Canal de Panamá.

Una vez pagada la tasa de entrada al P.N. de Galápagos (100 $), recogemos el equipaje y nos subimos en un bus de la propia compañía aérea que en 15 minutos nos deja en el embarcadero. Luego un ferry nos lleva ya a la isla de Santa Cruz.

Aunque nuestro alojamiento está en Puerto Ayora, y como nos sentimos con energía, negociamos con el taxi para que antes de llegar al destino, nos lleve a los Gemelos y al Rancho El Chato. Nos desplazamos con el taxi, una camioneta 4x4, a través de la "garúa". En setiembre, es normal que por la mañana aparezca la garúa, una llovizna muy leve con neblina que va desapareciendo cuando el sol se reafirma a lo largo de la mañana.
Los Gemelos son dos grandes dolinas situadas en la parte alta de la isla, pobladas de una exuberante vegetación. A su alrededor nos encontramos helechos, orquídeas y un magnífico bosque de escalesias, árboles endémicos de las Galápagos.

Más adelante entramos en el Rancho El Chato, donde tuvimos nuestro primer contacto con las tortugas gigantes. Eran de tamaño enorme y se movían libremente incluso saliendo del rancho. Disponían de abundante pasto y estanques de agua, algunas comían, otras se bañaban o descansaban. Fácilmente pueden llegar a pesar más de 200 kg y sobrevivir más de 150 años. Si te acercabas mucho, se asustaban y escondían la cabeza en el caparazón, y como no tienen mucho espacio para retener los pulmones llenos de aire, acababan expulsándolo con un ruido muy característico. Fue emocionante ver tantas y tan gigantes.

Más tarde fuimos a los túneles de lava, formados al enfriarse la parte exterior de la lava, mientras que en su interior la lava sigue fluyendo. Siempre nos ha impresionado pasear por el interior de estas estructuras naturales.

Finalmente llegamos a nuestro alojamiento en Puerto Ayora. Durante nuestra estancia en Santa Cruz, un día decidimos visitar Bahía Tortuga y la Playa Mansa. Iniciamos la caminata, previa anotación de nuestra visita en el libro registro del puesto de control de la entrada. A partir de aquí, hay un hermoso paseo a través de una pasarela de madera de unos 2 km, a través de una densa vegetación con abundancia de palos santos, cactus opuntias, escalesias y otras plantas endémicas. Cada pocos metros nos detenemos porque algún animal se acerca hacia nosotros y nos sorprendemos por su proximidad y su ausencia de temor. Contemplamos numerosos pinzones y lagartijas de lava de vivos colores, incluso alimentándose.
Al final de la pasarela, nos encontramos una amplia y solitaria playa de arena blanca con una impresionante agua de color turquesa. Es Playa Brava y cuenta con bastante oleaje, por lo que no la recomiendan para el baño.

Más adelante y al final de esta playa aparecen unos manglares y detrás ya vislumbramos Playa Mansa, una amplia bahía con aguas muy tranquilas, donde tomaremos un magnífico baño. En el sendero que une ambas playas nos encontramos con numerosas iguanas marinas.

Protegidos del sol por la sombra de un manglar, nos dispusimos a admirar la belleza del entorno natural y solitario que teníamos ante nuestros ojos. Contemplamos el espectáculo de la pesca salvaje de los pelicanos, que no dejaban de volar y zambullir su enorme pico en el agua para capturar su preciado alimento.



En nuestro viaje a Galápagos, estuvimos alojados en Puerto Ayora, la mayor población de las cuatro islas habitadas y con la mejor comunicación para realizar las excursiones. En la Av. Charles Darwin hay un pequeño muelle donde los pescadores venden su pesca y es curioso observar como los pelícanos y lobos de mar aguardan pacientemente para que les entreguen las sobras restantes.

miércoles, 4 de febrero de 2015

Kathmandú


Nepal significó para nosotros un soplo de aire fresco, después de nuestro intenso viaje por la India.
El Valle de Kathmandú comprende un área de tierra fértil, enclavada entre los imponentes Himalayas. Su belleza paisajística se complementa con una cultura que ha creado auténticas joyas arquitectónicas en un espacio reducido, pues en un radio de 20 km de Khatmandú, existen 7 enclaves reconocidos como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Según la leyenda la magia de ese lugar lo hizo sagrado. Un sabio chino taoísta cruzó los Himalayas peregrinando y llegó a este lugar, que en aquel tiempo estaba cubierto por un gran lago. Manjushri, discípulo del Buda Gautama, plantó una flor de loto y las aguas desaparicieron surgiendo el monte sagrado, donde inicialmente se construyó la Stupa y el Monasterio Swayambhunath y el valle se convirtió en habitable. Hoy tanto los budistas como los hinduistas lo consideran un lugar sagrado.

El valle está repleto de bellos templos y palacios, obras de la cultura newar, cuyas dinastías dominaron los reinos de Patan, Bhaktapur y Kathmandú.
Kathmandú, capital de Nepal, debe su nombre al famoso templo Kasthamandap del siglo XVI, un santuario abierto de tres plantas construido en forma de pagoda y a partir de un único árbol gigante, y se le considera una de las construcciones de madera más antiguas del mundo. 
Nuestra impresión de la ciudad, fue confusa pues nos encontrabamos en medio de un laberinto de callejuelas, puestos de fruta, verduras y artesanía, bicicletas, motos, rickshaws, vacas sagradas, . . . y a su vez rodeados de bellos templos y palacios budistas e hinduistas, espectaculares balcones y ventanas de madera tallada, mandalas, molinillos de oración, . .
















Durbar Square, literalmente "plaza del palacio", es la más grande de las plazas del valle. Estas plazas eran los centros administrativos de los pequeños reinos que existían en el siglo XVIII, antes de la unificación de Nepal. En ellas se encontraban la residencia real, además de otros palacios y templos, para el rey y su corte. El complejo de la Plaza Durbar de Kathmandú tiene 50 templos, destacando el ya citado Kasthamandap, el templo Taleju, el templo Shiva-Parvati, el palacio Hanuman Dhoka y el Kumari Ghar.
El templo Taleju, del siglo XVI es uno de los más antiguos de la plaza. Es la estructura más imponente de la arquitectura típica newari, con tres tejados y base piramidal.  El templo Shiva-Parvati, es un pequeño templo dedicado a la divina pareja, asomada a la ventana, consta de tres plataformas de ladrillos rojo y en la ventana central del primer piso cuenta con dos figuras de madera que representan a los dioses Shiva y Parvatti. Las ventanas y frisos están finamente tallados en piedras simulando una bellísima celosía. Por su parte, el Palacio Hanuman Dhoka, se construyó en honor al dios mono "Hanuman", símbolo del poder protector divino. Aquí los reyes de Nepal son coronados.
El Kumari Ghar, es un monasterio construido en 1757 y la residencia de la niña diosa viviente Kumari. Desde su atrio se puede disfrutar de la belleza de las tallas de madera que decoran sus balcones y ventanas. La diosa Kumari aparece, en ocasiones, por la ventana para bendecir a los visitantes.
Las Kumari son niñas consideradas reencarnaciones de Taleju y veneradas por hinduistas y budistas nepalíes. Son seleccionadas mediante un complejo ritual tántrico, desde hace siglos, entre niñas de 4 a 7 años por poseer las 32 virtudes de una diosa. Por supuesto, la niña debe pertenecer a la casta Shakya (la del mismísimo Buda), no haber enfermado nunca, no haber derramado nunca sangre y no haber perdido ningún diente. Otras virtudes: ojos negros, pestañas como las de una vaca, tez clara, piel aterciopelada, muslos como los de un ciervo, pies proporcionados, tonalidad de voz suave y clara como la de un pato o el pecho como el de un león… y su horóscopo tiene que ser compatible con el del rey. También debe superar pruebas para demostrar su valentía, pasando la noche sola ante la diosa Taleju, junto a cabezas de búfalos y cabras sacrificadas en una habitación a oscuras.
La niña elegida es alejada de su familia, permaneciendo encerrada durante toda su infancia, saliendo sólo en algunas ceremonias religiosas y pudiendo ser visitada por sus padres en contadas ocasiones. Vive así hasta la pubertad, momento en el que la diosa “abandona” su cuerpo, reencarnándose en el de otra niña, y ella vuelve junto a sus padres a la “vida normal”.
Resulta penoso contemplar a estas niñas con aspecto triste y mirada perdida, sabiendo que nunca recuperaran su infancia perdida, ya que por su condición divina no pueden tener contacto con los demás e incluso con sus padres.
A pocos kilómetros de Kathmandú se encuentra Patan, adonde nos desplazamos para visitar una de las ciudades budistas más antiguas del mundo (S. III aC). La Plaza Durbar posee un bello conjunto arquitectónico newarí, dominado por colores rojizos, y también Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.

Al pie de uno de sus templos se nos acercó una niña que llevaba a sus espaldas a otro niño más pequeño y con una abierta sonrisa trató de ayudarnos en nuestra desorientación, ante el caos que presentaba la Plaza Durbar.
Esa expresión nepalí, su profunda mirada y su sorprendente amabilidad, no la hemos podido olvidar y a pesar del largo tiempo transcurrido.