viernes, 16 de octubre de 2015

Cataratas Epupa y los Himba

Desde nuestro hermoso Lodge en Damaraland, nos desplazamos en camión hacia el norte de Namibia. Cruzamos la región de Kaokoveld y llegamos a Opuwo, donde repostamos para proseguir más tarde hasta las Cataratas Epupa, justo en la frontera con Angola. Total, un duro y largo trayecto por caminos polvorientos de trece horas de viaje.En Opuwo, capital de la región de Kunene, realizamos una breve parada y mientras el camión reposta combustible, nos acercamos a un super junto a la gasolinera, para comprar provisiones. Dentro del establecimiento, nos causa una fuerte impresión encontrar tal diversidad de etnias realizando sus compras: hereros, himbas occidentalizados, himbas tradicionales, turistas, etc. A la salida del super, multitud de mujeres herero y himba, nos acosan para ofrecer sus típicas pulseras, antaño hechas de hueso pero hoy todas de plástico. Observando el animado entorno, es evidente que nos encontramos en un punto neurálgico para el transporte y la actividad comercial.

Nos advierten de que no realicemos fotos a los herero, pues no les agrada y pueden ser violentos. Las mujeres herero acostumbraban a vestir como las himba, prácticamente no se vestían, pero en el siglo XIX aceptaron la influencia de los misioneros, que ofendidos por su desnudez, les introdujeron el concepto de vestimenta. Y así adaptaron a su estilo africano, el tipo de vestido de la época colonial europea, largos y amplios vestidos de llamativos colores y con un peculiar sombrero que evoca la forma de la cabeza de vaca, animal tan relevante para esta etnia ganadera y nómada. Hoy en día, siguen siendo una sociedad matriarcal, donde los niños perteneces al clan de la madre y la mayor parte son cristianos luteranos aunque polígamos y practicantes de un culto en el que la vaca es un animal sagrado y centro de muchos ceremoniales. También mantienen el encendido del "fuego sagrado", como símbolo de fertilidad, salud y prosperidad.

Los herero, de origen bantú, llegaron con sus manadas de vacas al río Kunene durante el siglo XV, desde la zona de los grandes lagos de África Oriental. Siglos después, un grupo grande de Hereros emigró hacia el sur llegando hasta el río Swakop, otros se mantuvieron en el suroeste de Angola y en Kaokoland, con sus actividades ganaderas hasta nuestros días. Los que se desplazaron hacia el sur sufrieron la expropiación de tierras, ganado y casi su aniquilamiento por parte de los colonialistas alemanes. En 1904 el cruel general alemán Lothar von Trotha, ganó la sangrienta batalla de Waterberg y la guerra se transformó en un terrible genocidio, que finalizó con la vida del 80% de la población herero (de 80.000 quedó reducida a sólo 16.000). Al no lograr una victoria total, von Trotha ordenó que los hombres herero fueran capturados para ser ejecutados inmediatamente, mientras que las mujeres y los niños debían ser expulsados al desierto para que muriesen allí, y si intentaban volver a la zona fértil controlada por los alemanes deberían ser asesinados a tiros; asimismo, los pozos de agua situados en las zonas de población herero, fueron envenenados para exterminar también a los nativos que se refugiasen allí. La ONU reconoció estos hechos como uno de los primeros genocidios del siglo XX y Alemanía se demoró hasta el año 2004, en pedir disculpas oficiales.


Y llegamos a un oasis extremádamente remoto, las cataratas de Epupa, que en herero signifca "aguas que caen". Nos encontramos en un camping a orillas del río Kunene, que con una longitud de 1.050 km es uno de los pocos ríos perennes de la región y que a su vez delimita la frontera entre Angola y Namibia. El cambio del paisaje es espectacular, hemos pasado del desierto a un verde oasis con altas palmeras y longevos baobads, alimentado por las aguas cristalinas del río Kunene. Nos resistimos al baño en esas aguas, por que nos amenazan de que el río está infectado de enormes y silenciosos cocodrilos. Por eso, nos contentamos con una caminata por la orilla del río hacia el norte, a la búsqueda de estos simpáticos animales. No alcanzamos a verlos, pero la belleza del paisaje es impresionante.
A unos dos kilómetros y en sentido sur, nos encontramos con las famosas cataratas Epupa, que con una caída máxima de 37 metros arrojan el agua del río Kunene, a un cañón estrecho bordeado de gigantes baobads, que a su vez se alimenta de numerosos pequeños saltos de agua. Un paisaje espectacular por el contraste de su colorido, rocas ocres, verde vegetación y aguas azul turquesa.
Visita a una aldea himba

Al día siguiente, con el camión nos dirigimos a una aldea himba muy próxima. Para facilitar la visita, contábamos con un guía himba como intérprete y llevábamos bienes comestibles (harina, azúcar, sal, arroz, pan, etc.) como regalos. A cambio, nos permitirían realizar fotos libremente.
Los himba por sus orígenes e idioma, están estrechamente ligados a los herero, aunque se separaron hace unos 200 años. Son seminómadas y viven básicamente de la ganadería de vacas, ovejas y cabras.
Nos adentramos en la aldea, limitada por un recinto circular vallado con densas ramas espinosas de arbustos, para dificultar la entrada de animales. No se trata de un poblado, sino más bien la residencia de un conjunto reducido de familias, con su ganado y el fuego sagrado. Estas agrupaciones forman grupos sociales con fuerte autonomía política y religiosa.
El jefe de cada tribu es además su líder espiritual.
Dentro del recinto, encontramos menos de una docena de chozas, precarias y con rasgos de provisionalidad, construidas con una estructura simple de ramas, recubierta con barro y estiércol. En el centro de la aldea, ubican el corral circular para el ganado y en medio de la línea imaginaria que une este corral con la choza principal del jefe, colocan el hogar donde encienden el fuego sagrado y se reunen en torno a él cada noche. Pues bien, la principal consigna que nos dieron para la visita, es que de ninguna manera podíamos cruzar esa línea imaginaria y no marcada, porque eso significaría la mayor ofensa para nuestros anfitriones. No resultó muy fácil, pues los himba se movían y cruzaban libremente esa línea, pero nosotros teníamos que estar atentos de no cruzarla.


Los himba son una de las pocas tribus africanas que aún mantienen su cultura y sus tradiciones más ancestrales. El ganado vacuno es su principal fuente de riqueza, su principal alimentación (leche y carne), pero además es su moneda comercial, valor de estatus social, valor religioso y de gran significado político. Así por ejemplo, el precio de la novia es fijado en forma de ganado, las sanciones se cumplen con el pago de ganado: el homicidio de hombre 15 reses y el de mujer 25 reses, el adulterio 6 reses, etc. y las ceremonias de matrimonio, funerarias y otras varias implican el sacrificio de reses.

Para los himba, los espíritus de los ancestros se convierten en mediadores entre el hombre y la divinidad. El homenaje a los antepasados lo hacen a través del fuego sagrado y con el sacrificio de reses como ofrenda, y exponen su cornamenta sobre las ramas de los árboles que hay junto a sus tumbas.
Las mujeres ordeñan las vacas y preparan la cuajada y la mantequilla. Cada día, la leche recién ordeñada la presentan al jefe y ante el fuego sagrado. Una vez el jefe la ha probado, ya está lista para el consumo de las otras personas. Hierven la leche con el fuego de las hogueras y la baten hasta lograr una especie de papilla con la que se alimentan. La mantequilla no la utilizan como alimento, sino como cosmético, untando su cuerpo después de mezclarse con un polvo ocre.
Las mujeres himba son altas, delgadas y esculturales, sólo visten un básico "taparrabos" confeccionado con pieles de animales de su ganado; tienen sus cuerpos recubiertos de una capa de ocre rojo y van adornadas con enrevesados peinados y embellecidas con collares de cuentas, pulseras, brazaletes, aros y cinturones llamativos. Es evidente que la éstetica es muy importante en su vida.


Cada mañana, la mujer himba realiza una serie de rituales para su aseo. Dentro de sus chozas guardan frascos de barro con diferentes ungüentos. En uno de ellos, tienen la mezcla de la mantequilla y el polvo obtenido de machacar unas piedras rojizas. Con este ungüento, cada mañana se untan el cuerpo y consiguen ese peculiar color rojizo de su piel y que les protege contra el calor del día y el frío de la noche. También untan sus cabellos dándoles las formas de trenzas y complicados estilos de peinado en función de su estatus dentro de la tribu. Las niñas son peinadas con dos grandes trenzas hacia delante, hasta que llegan a la pubertad.


Después de realizar numerosas fotos, nos introducimos en una choza, donde una himba nos muestra diferentes vestidos hechos con piel y que utilizan para diferentes ceremonias, algunos de ellos muy pesados por sus ornamentos. También nos enseña las vasijas donde guardan diferentes ungüentos y el que utilizan para untar dichas pieles.


Nos comentan que las mujeres himba no se lavan nunca con agua y para neutralizar sus olores corporales se perfuman con el humo de unas hojas muy aromáticas que queman y nos hace una pequeña demostración, confirmando que a pesar de no lavarse nunca, su olor es agradabble.

La poligamia está permitida, sin embargo el máximo de tiempo que un hombre puede pasar con la misma esposa sin atender a otra es de dos noches.

Nos contaron numerosos detalles curiosos sobre la cultura himba. Cuando un niño (varón) llega a la pubertad, celebran un rito que consiste en arrancarles de cuajo los dos dientes incisivos inferiores y por supuesto sin anestesia. La herida la cauterizan con una piedra ardiendo del fuego sagrado.
Aunque la mayoría de los himba mantienen sus tradiciones, el gobierno de Namibia hace esfuerzos para que al menos un niño de cada familia se escolarice y pueda llegar a estudiar una carrera. Sin embargo, estos niños no gozan del respeto de sus familias y pasan a ser denominados "los inservibles" pues no cumplen con las actividades establecidas en su cultura, del pastoreo y cuidado del ganado que tanto significan para el mundo himba.
Recientemente y por la influencia del turismo, han descubierto que su artesanía de pulseras, collares, etc. tiene valor comercial y consiguen algunos recursos monetarios con su venta. Así que detrás de la choza del jefe, colocaron en el suelo su artesanía y empezaron con la comercialización de sus "souvenirs".

Y llegó el momento de acompañar a los himba, hasta el río para recoger agua. Por el camino, los niños se mostraron alegres y juguetones, y les llamábamos mucho la atención tanto como ellos a nosotros. Empezamos a entonar y bailar canciones populares que ellos replicaban miméticamente con sus movimientos y voces. Entre saltos, bromas y risas llegamos a un curso de agua, en donde las mujeres llenaron los depósitos de agua, mientras los niños jugaban saltando a la arena.

Una vez llenadas las garrafas de agua, las colocaron sobre sus cabezas y con gran habilidad las llevaron por todo el camino de regreso a la aldea.

La visita a los himba resultó muy agradable e interesante. Como la realizamos por la mañana no encontramos hombres, ni adolescentes, ni ganado. Resaltamos su afabilidad, su sonrisa fácil, su amabilidad y sobre todo nos encantó jugar con la naturalidad de los niños y sus ganas de acercarse a nosotros.

Por supuesto, estos himba son los que han optado por seguir viviendo de forma tradicional, pero también existen los que se han occidentalizado, abandonando su vestimenta tradicional y asentándose en poblaciones e intentando alguna actividad que les permita sobrevivir en nuestro mundo moderno, no sin muchas dificultades, porque entre otras cosas, se siguen encontrando en África.

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